Cuando pensamos en la Edad Media solemos imaginar a las mujeres siempre bajo la autoridad de un padre, un marido o un convento. Sin embargo, la realidad fue más variada. Muchas mujeres adultas vivieron solas, especialmente entre los siglos XII y XV, y no como casos excepcionales, sino como parte normal del tejido social.
Estas mujeres solían ser viudas o solteras que, por mortalidad, falta de recursos o simple circunstancia vital, no volvieron a casarse. Aunque el matrimonio era el modelo ideal, no todas las mujeres encajaban en él, y la sociedad medieval se adapto bien a esa realidad.
Vivir sola no significaba estar fuera de la ley. En muchas ciudades y villas, las mujeres podían alquilar o poseer una casa, trabajar, hacer contratos y gestionar sus propios bienes. La documentación medieval las muestra comprando, vendiendo, pagando rentas o dejando testamento, igual que cualquier otro vecino.
Para mantenerse, estas mujeres trabajaban. Algunas lo hacían como criadas, otras hilaban, tejían, vendían en el mercado o producían alimentos y bebidas. No eran ricas, pero tampoco vivían necesariamente de la caridad. Su independencia era modesta, basada en el trabajo diario y en una buena reputación.
Aunque vivían solas, no estaban aisladas. Formaban parte de barrios, parroquias y redes de ayuda, sobre todo con otras mujeres. Compartían tareas, se apoyaban en la enfermedad y mantenían relaciones sociales estables. La clave para su aceptación no era el estado civil, sino llevar una vida ordenada y conocida por la comunidad.
En resumen, la mujer adulta que vivía sola en la Edad Media no fue una figura marginal ni romántica, sino una realidad cotidiana. Su vida estuvo marcada por el esfuerzo, la prudencia y la capacidad de sostenerse por sí misma en un mundo que, aunque prefería el matrimonio, también dejó espacio a otras formas de vida femenina.


