Cuando vemos algunas películas o documentales sobre la Edad Media, parece que las mujeres vivían permanentemente entre barro, frío, lluvia y suciedad.
Pero esa imagen es bastante distorsionada.
Una mujer medieval no era tan diferente de nosotras cuando se trataba de cuidar su piel. Lavarse, perfumarse, suavizar la piel o intentar conservar un aspecto agradable también formaba parte de la vida cotidiana.
Y no tenemos que esperar a Trotula, en el siglo XI, para encontrar estas prácticas.
Mucho antes, el médico bizantino Aecio de Amida (siglo VI) recopiló recetas cosméticas procedentes de una tradición médica todavía más antigua. Entre ellas encontramos preparados para limpiar y suavizar el rostro elaborados con ingredientes tan sencillos como almendras, harinas, cebada, huevo o miel.
Algunas de aquellas preparaciones se presentaban como pequeñas pastillas secas que se humedecían con agua antes de utilizarlas. No eran “cremas” como las entendemos hoy, sino limpiadores y ungüentos adaptados a los ingredientes y conocimientos de su época.
🌿 UNA RECONSTRUCCIÓN SENCILLA
Inspirándonos en esta tradición antigua, podemos imaginar un sencillo limpiador facial a base de:
• harina fina de trigo o avena • almendra finamente molida • un poco de miel • agua para formar una pasta
Se mezclarían pequeñas cantidades hasta obtener una pasta suave, se aplicaría brevemente sobre la piel y se retiraría con agua.
⚠️ Esta es una reconstrucción moderna inspirada en las recetas antiguas, no una reproducción literal de Aecio. Las recetas históricas podían incluir sustancias irritantes o tóxicas y no deben reproducirse sin una revisión especializada.
Lo fascinante es que, detrás de la imagen de barro, castillos y suciedad que tantas veces nos transmite la ficción, había también mujeres que se lavaban, se peinaban, se perfumaban y cuidaban su piel.
La Edad Media fue mucho más limpia, compleja y sofisticada de lo que nos han contado.





Vestido medieval en brocado verde

Vestido medieval en brocado azul


